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La mitología griega no ha dejado entre nosotros ningún síndrome más terrible que el de Medea.  Imaginar que una madre puede acabar con la vida de sus hijos, carne de su carne y sangre de sus sangre resulta más impensable que el mismo crimen perpetrado por un padre. Sin embargo, no sólo hay padres enfermos y malvados, también hay madres malvadas y enfermas. Medeas que mandan matar a sus vástagos o los matan con sus propias manos. En realidad, el síndrome de Medea, trasladado a nuestros días, lo sufren tanto hombres como mujeres, que pretenden vengarse de aquellos con quienes engendraron a sus descendientes de la manera más cruel. Según la estadística, la mujeres-Medeas suelen matar a los hijos cuando son pequeños y los hombres-Medeas, cuando son adolescentes. Esa venganza psicótica, suele ir, según los expertos, acompañada de un hartazgo o una repulsión hacia los niños o adolescentes; a veces, incluso, presos de alucinaciones, llegan a ver a los pequeños como monstruos a los que algún demonio pérfido les ha cambiado por sus hijos. Otras, simplemente, desean quitarse la propia vida y antes de hacerlo deciden que será mucho mejor para sus pequeños morir, que acabar custodiados por el otro progenitor.  Las justificaciones que fraguan en sus mentes dañadas los psicóticos llegan a límites insospechados. Y esa es la explicación de sus actos desgarradores. El último posible síndrome de Medea tuvo lugar el pasado domingo en Barcelona. Allí , presuntamente, una mujer boliviana acabó con la vida de sus hijos de 9 y 11 años, ahogándolos en la bañera, después de llamar al padre de los chicos y advertirle de que iba a hacerlo. Parece imposible pensar que pudiera perpetrar el crimen sin darles algún narcótico que evitara que se defendieran. ¿Cómo si no eludiría su resistencia y hasta su ayuda mutua para evitar la agresión de su madre? Es posible que la incredulidad pudiera dejar casi inermes  a los pequeños, pero no tanto como para no defender sus vidas en una situación extrema. Ahora queda por saber todo cuanto aconteció alrededor del tremendo asesinato. Si la presunta autora recibía maltrato por parte del padre de sus hijos, que había abandonado su vivienda para irse con otra mujer; si sus medios económicos eran tan escasos como para llegar a la locura; si fue un caso de frialdad y despecho extremos…Por desgracia, ni el esclarecimiento de los hechos le devolverán la vida a los niños que, otra madre, jamás hubiera matado.

La Razón

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