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Ha sido abrir un ojo (a la fuerza) y encontrarme con mi marido y mis hijos apiñados en mi cama y nerviosos, dispuestos a seguir la carrera de Fernando Alonso en China. Yo, que me emociono mucho menos con la Fórmula-1 que con el tenis, por poner un ejemplo, había dicho que no pensaba verla, por más que se empeñaran; pero no ha podido ser. El patio de butacas era mi cama y la película se veía en la tele de mi cuarto, así que lo de siempre: si no puedes con el enemigo, únete a él… He preparado un desayuno de domingo, se lo he llevado a los chicos ¡a mi cama! y allí hemos pasado las dos horas siguientes viendo a este asturiano que, sin duda, es el mejor piloto del mundo. Los hombres de mi vida andaban nerviosos tras el error de Malasia de Alonso hace tres semanas, pero según iba pasando del tercer puesto al segundo en la salida, donde adelantó a Kimi Räikkonen, al igual que a su compañero Felipe Massa, se iban dando cuenta de que la carrera de ayer iba a ser pan comido para el español. De hecho Alonso estuvo de líder casi todo el rato y Sebastian Vettel (que no se subió al podio y fue investigado por los comisarios por utilizar el DRS en la recta trasera con banderas amarillas) no fue rival para él, en ningún momento.

La verdad es que Fernando ganó en Shanghái casi sin despeinarse y nos ha vuelto a dejar boquiabiertos. Debo confesar, aunque me cueste, que, pese a las migas de la cama, que aborrezco profundamente, la experiencia mañanera fue de lo más satisfactoria. Gracias, Alonso.

La Razón

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