Etiquetas

, , , , ,

Si yo les menciono esta alineación titular: Lucas, Ro, Jaime, Miguel, Nacho, Rodri, Tony, Edu, Marcos, Diego y Andrés, seguro que no les dice nada. Y si cuento que su entrenador, Mario, es un auténtico «crack» y el presidente del club, Emiliano, un tío que se lo curra de verdad, seguro que piensan que estoy medio loca. Pero les estoy hablando del Benjamín E del Aravaca, el equipo en el que juega mi hijo Miguel de nueve años y en el que pronto jugará también mi hijo Luis, de seis. Un club de fútbol como tantísimos otros de toda España, en el que nace, crece y se desarrolla la afición por este deporte.

Tendrían ustedes que ver la entrega de los niños y la ilusión de esos padres que todos los sábados se levantan a horas intempestivas, llueva o haga sol, para acompañar a sus hijos a la cita más importante de la semana.

Lo más curioso es que, en esos campos y en esas gradas, se transparentan ya las personalidades de cada cual. Se les ven los valores y las miserias a todos sin excepción. La nobleza de unos, la bajeza de otros… Hay padres que incitan a sus hijos a la violencia e hijos que culpan a sus padres de sus errores. Y los hay que disfrutan y sufren, con la emoción contenida en los ojos y en la garganta, gane quien gane o pierda quien pierda. El pasado sábado mi hijo Miguel, a quien llaman «El Mariscal» por ser quien impone su criterio en el área, metió un gol decisivo contra el Móstoles. Los chats familiares se incendiaron de inmediato. La alegría, ya imaginarán, fue casi como la del gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica.

La Razón

Anuncios