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Manolo Blahnik. Diseñador de zapatos.

blahnik

Manolo Blahnik ha vuelto a Madrid a recibir un premio más. En esta ocasión, de una revista de viajes. En pocos meses ha recogido tantos, que no sabe ni cuántos son… En realidad ya tenía una colección. En 2007 la reina Isabel II lo condecoró como comandante de la Orden del Imperio Británico y en noviembre de 2012 le concedieron el premio honorífico de la moda británica a toda su carrera. Se ve que en España se decidió no ser menos y al poco le otorgaron el Premio Nacional de Diseño. A partir de ahí ha recibido varios más. ¿De verdad no sabe cuántos tiene? «Me cogiste. No tengo ni idea. Recuerdo el de Atlanta, la Universidad de Savannah…, pero después he perdido el control, porque este año ha sido un poco exagerado». Eso sí, reconoce que el que más ilusión le ha hecho es ese Nacional de Diseño de España, cuyo importe donó a su isla natal, La Palma. Lo recogió de manos de los Príncipes, «que son un encanto. Estoy completamente fascinado por este hombre y esta mujer. Creo que es gente divina y que va a ser verdaderamente la esperanza de… ¿la Monarquía? Yo le llamo las razones públicas, en vez de Monarquía».

Aunque no tuviera premios, la exquisitez de Blahnik sería tan innegable como la belleza de sus famosísimos zapatos. Se ve en su impecable traje cruzado, en su elegante pajarita, en su peinadísimo cabello blanco, pero sobre todo en la conversación. Es un hombre culto, refinado y cosmopolita, con el que se puede hablar de cualquier cosa, aunque predomine el arte, el cine, la literatura… ¿también española? «Claro. La leo desde niño. Mi madre cada noche nos leía un cuento o una poesía de Lorca a mi hermana Evangelina y a mí. Nos leía de todo. ¡Hasta los ”Episodios Nacionales”! Esos acabé por detestarlos, pero el resto forma parte de mi vida». Habla mucho de su madre, la recuerda con infinito cariño; aún no se ha acostumbrado a su pérdida. Sabe que se hubiese alegrado mucho de que hubiera una Escuela de Arte Manolo Blahnik en Santa Cruz de la Palma, «porque ella siempre ayudaba a las escuelas», admite, y recuerda lo fabulosa que era su capacidad de observación pese a tener cataratas… «Un día vio al Primer Ministro Inglés en la BBC y dijo: ¿no habrá alguien caritativo que le haga una manicura?», comenta anecdótico.

Pasión femenina

Además de su madre, las mujeres han sido siempre muy importantes en su vida. Asegura sonriente que le gustan no sólo en un sentido físico o mental, sino en conjunto… y especifica que «es un regalo más que nos ha dado la naturaleza». «Yo me siento inferior a las mujeres en el sentido de que tienen más posibilidades de fantasía, de creatividad», confiesa. Algo influirá el vivir de nuestros pies desde hace cuarenta años, por mucho que hace poco sacara una colección de zapatos para hombre… Aunque podría haber vivido de otras muchas cosas. En realidad, él iba para escenógrafo. Había estudiado Arquitectura y Literatura en Ginebra y por algún lado tenía que sacar la creatividad. De madre española y padre checo («un hombre muy rígido pero estupendo»), Manolo hablaba también francés e inglés perfectamente y, como además estaba bien relacionado, decidió ir a visitar con sus diseños de escenarios a la entonces editora de «Vogue» en Nueva York, Diana Vreeland. «Ella fue quien me dijo: ”Tú haz extremidades”. Y mira, aquí estoy. A mí me gustaba mucho el cine, el teatro…, pero ella me desmontó completamente y me cambió la dirección hacia otro sitio fantástico. Se lo agradeceré hasta que me muera. En su funeral en el Metropolitan, Richard Avedon dijo: ”Te doy las gracias por haber hecho lo que has hecho con miles y miles de diseñadores”. Fue tan bonito…».

Su madre, su hermana Evangelina, con la cual trabaja, o Diana Vreeland son sólo tres de las mujeres que han marcado su vida; ahí está también LouLou de la Falaise, musa de Saint Laurent y la primera clienta de su primera tienda en Londres, «Zapata»; Marisa Berenson, también devota desde sus inicios y quien le empujó a estudiar su estructura para que sus zapatos fueran más cómodos; o Sarah Jessica Parker, que pronunció aquella frase inolvidable en uno de los capítulos de «Sexo en Nueva York»: «Llévese mi bolso, mi reloj, mi anillo…, ¡pero no se lleve mis Manolos!» ¿Tal vez a ella le debe más que a nadie? «A ella, a la serie, a Candace Swanepoel, la autora del libro, que metió ahí los zapatitos… Sarah Jessica los compraba ya en Los Ángeles, así que, para mí, antes de la serie, ya era una antigua cliente… Lo que pasó con ”Sex and the city” es que llegamos a un público que no habíamos tocado nunca, de 20 a 30 años. Mis clientes eran más bien mujeres de mediana edad, ricas».

Habla de mujeres ricas y le cuento que sus zapatos se han convertido en un objeto de deseo de tal magnitud que muchas que no lo son ahorran para poder tener un par en algún momento de su vida. «Lo sé. Me halaga y me preocupa. Al menos pienso que si algo de bueno se le puede encontrar a la crisis es que le ha dado sentido común a algunas personas que se lo piensan dos veces antes de comprar y comprar, y pedir un par en todos los colores… Malgastar es horrible, obsceno y muy ordinario». Sin embargo, él jamás ha pensado en hacer zapatos más baratos. Una segunda línea. No lo contempla, le interesa el trabajo artesanal del zapato al que ha dedicado su vida. Al zapato que adorna esos pies que él siempre consideró bellos. Aunque unos más que otros, claro. «Los de Kate Moss son muy bonitos, como de niña, ¡con 38 años!; pero si miro más atrás recuerdo los de Raquel Welch, que eran preciosos… A mí siempre me gustaron los pies. Cuando era joven, la gente se volvía loca por los torsos o los traseros. Yo miraba los pies. Pero no por su sensualidad, aunque creo que la tienen, sino porque me parecían bellísimos».

Al hablar con Manolo Blahnik, a veces, parece que pertenece a otro universo. Tal vez es que cuando se llega a su reconocimiento y a su fortuna ya no se tiene miedo a nada. «No te creas. No soy pobre, pero nunca he tenido demasiado interés en el dinero. Siempre lo doy, lo reparto. Pero no gasto mucho. Solo en libros y ”blu rays”. Por lo demás, es cierto que no le tengo miedo al mañana, pero nunca se lo tuve. Si mañana todo se cae empiezo otra cosa. Yo soy así».

Personal e intransferible

Manolo Blahnik (1942), soltero y sin hijos –«los niños no me gustan mucho»–, admite, vive en Bath (Reino Unido) con sus perros. Al lado de su magnífica casa tiene el almacén donde guarda todos sus modelos de Manolos. Le encanta el cocido, pero no bebe vino, porque es alérgico a la uva. «Bebo gin-tonics, vodka… ¡Y me da mucha envidia ver beber vino!». Pero ni vino, ni drogas, ni sexo… «Cuando era jovencito sí, ¡por Dios!, ahora no. Hace mucho que perdí el interés, y el sexo por el sexo siempre me pareció un poco desagradable. Sólo me gusta el sexo con romance». ¿Para qué sexo si, según Madonna, «los zapatos de Manolo Blahnik son tan buenos como el sexo»? Lo que sí le gusta a Manolo es trabajar. Y más ahora tal y como están las cosas, por ello afirma: «De lo que más orgulloso me siento es de dar trabajo a 480 personas».

La Razón

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