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«No hemos ganado, hijo. Pero al menos ese chico que tiene tus mismos catorce años ha visto ganar a su Atlético al Real Madrid, por primera vez en su vida». Le explicaba un madridista a su hijo al término del encuentro. No era consuelo después de ese partido irregular, con una primera parte en la que tras un gol, casi fortuito, los jugadores blancos se relajaron hasta el aburrimiento y una segunda, más prórroga, en la que los palos y el árbitro no ayudaron mucho a los locales. Pero sí era cierto que, broncas fuera del campo aparte, en las gradas, entre los forofos de ambos equipos, había mucho respeto y señorío. No en vano todos compartimos al inicio un himno nacional entusiasta y unas banderas ondeando sin vergüenza. Lo que debería ser normal y tantas veces no lo es.

Ambiente considerado pues, y más fervor rojiblanco que madridista. «No es eso –me explicaban–, es que la hinchada del Atlético siempre es más ruidosa». Será. Pero casi consiguieron eso de «convertir el Bernabéu en el Calderón», aunque igual tuvo que ver con que el Madrid anda un poco roto. Algunos dicen –y que me perdonen sus adeptos– que «Mou» ha desunido al equipo. Yo no lo sé. Pero sí siento esa división que no existe en las filas rojiblancas. Al final y tras felicitar a los atléticos (los madridistas sabemos ganar y perder), nos fuimos bastante cabizbajos. Sabíamos que la noche no había sido bonita. Y la conferencia de prensa posterior acabó de rematarnos. La conclusión: que los atléticos han ganado y que nosotros somos muy grandes cuando trabajamos juntos y nada si no nos damos la mano.

La Razón

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