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Han muerto cuatro mujeres más a manos de sus parejas. Son cuatro casos más de violencia machista, que sumados a los demás de este mismo año, nos dan la escalofriante cifra de veintidós fallecidas. Veintidós mujeres muchas de ellas jóvenes, como las tres que acaban de engrosar la trágica lista, que han vivido en un Estado de Derecho que les garantiza la igualdad y la seguridad. Lo cuento con la frialdad de la que ya ha narrado muchos casos iguales, de la que sabe que, muy posiblemente, lo tendrá que volver a hacer. Acostumbrarse a ciertos horrores acaba por ser fácil. Y este horror, con el que convivimos, que se pasea entre nuestros seres queridos y nos amenaza a todos, lo tenemos tan asumido que no nos sorprende. Y debería asombrarnos, al menos, que tras consensos, leyes, campañas y consejos… la mayoría de las fallecidas ni siquiera hubieran denunciado. ¿Qué pasa? ¿No cala el mensaje? Lo que está muy claro es que el problema está profundamente arraigado, que no se puede extirpar con un bisturí poco afilado y que requiere de la técnica certera que sólo se alcanza a través de la educación. De poco servirá que nos lamentemos o incluso que legislemos, sino educamos previamente. Sólo la educación, que es la que une y separa, la que da y la que quita, conseguirá que realmente hombres y mujeres creamos en cosas tan obvias como que nadie es de nadie, ni superior a nadie. No nos acostumbremos a enumerar víctimas y lancémonos a la calle a abogar por un discurso educativo, desde el que se fomente con contundencia la equiparación de derechos y deberes entre hombres y mujeres.

La Razón

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