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El pasado viernes tuve el privilegio de ir a Las Ventas, de la mano de Fernando Sánchez Dragó, que si no es quien más sabe de toros de España, poco le falta. Dragó nos invitó a Alicia Mariño y a mí al callejón, ni más ni menos, y a mí me tocó al lado del mismísimo Sergio Ramos. «Voy a ser la más envidiada de la plaza», les dije a Fernando y Alicia. Pero ellos, antifutboleros confesos, ¡no sabían quién era! Los únicos, claro, porque el resto de los presentes, desde las gradas y desde el propio callejón (servidora incluida) no paró de pedir autógrafos o de hacerse fotos con el capitán del Real Madrid.

Y Sergio Ramos, impecable y sonriente, nos atendió a todos, pero, eso sí, sin perder ripio de las excelsas faenas de los toreros. «En cuanto termine de matar le firmo, señora…», decía. Como era tanto el trajín y hasta los propios Talavante y Manzanares (los diestros de la tarde junto al maestro Castella) se acercaban a saludarle y le dedicaban gestos de cariño, le pregunté: «¿Te quieren tanto por ser futbolista?». «No, es que Talavante y Manzanares son muy colegas. Me gustan mucho los toros…», respondió él. «¿Para ver o para torear?», continué. «Bueno, a veces en el campo, ¡pero sólo los pequeños, ¿eh?», continuó el defensa.

«No es que le gusten los toros –apuntó el Dr. Ángel Martín, que le acompañaba–, es que es un torero de pellizco». A saber qué es eso. Lo que sí sé es que Sergio, bajo la oreja izquierda, lleva escrito un tatuaje en chino que recuerda una «S» y un «R». «¿Qué significa?», pregunto. «Lobo. Me gusta mucho el animal». Y a mí tener un capitán tan simpático.

La Razón

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