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ponte-feliuLuis y Laura, Luby & Lemerald, no pueden ser más distintos. Ella, Laura Ponte, además de modelo internacional es una mujer de presencia extrema, de esas de rompe y rasga. Alguien diría que parece una actriz de los años veinte, con esa mirada intensa y turbadora, que subraya con un grueso trazo de lápiz negro. Él, Luis Feliú, tiene cara de emprendedor, de joven despierto resolutivo y arriesgado. Todo en él es nítido y más aún porque lo explica de una manera absolutamente racional. La manera de contar de Laura es bien distinta. Romántica, soñadora, creativa. Aunque eso no significa que no tenga los pies en la tierra. Quizás se los pone el propio Luis. O tal vez las cifras, porque en esa empresa de joyas en la que han invertido todos sus ahorros, van al 50 por ciento. Está claro que se llevan muy bien. Se respetan y se valoran. Lo suyo debió ser un flechazo profesional. «Más que un flechazo –dice Laura– yo creo que es el encuentro de dos personas con ganas de hacer cosas y de sacar adelante sus proyectos personales. Un buen ”timing”, la misma energía y más o menos la misma dirección». No es fácil encontrar a la horma de tu zapato en ninguna parte. Y menos en los negocios. Ellos lo saben bien. «Tiene que haber unos valores de base, porque, a fin de cuentas, en los negocios no dejamos de ser personas. Entre nosotros hubo una empatía personal y luego esa ilusión de la que hablaba Laura para hacer un proyecto personal», dice Luis. Y para conseguirlo, nada mejor que unir a un experto en piedras preciosas, con un currículo de directivo de varias empresas, y una persona que siempre se divirtió con los brillos de las joyas y que estaba deseando crearlas ella misma. «Yo llevo toda la vida diseñando –confiesa Laura–. Mi abuelo era sastre y yo empecé con la ropa. Pero llevo toda la vida dibujando incluso accesorios, de todo. Al final cualquier diseño es una visión estética que trasladas a cualquier cosa». Le pregunto por la técnica, que no debería ser igual para un mueble que para una joya, pero me doy cuenta de que ella se atrevería con todo: «Técnicamente sí, es distinto, pero al final es una cuestión de proporciones, de materiales y de qué quieres contar. O lo qué es lo mismo, de qué energía quieres provocar en los demás y en tu alrededor. Cuando uno se hace su casa o se viste, tiene su sello: sabe lo que quiere, cómo se siente, como le gusta recibir, compartir…, al final comparte su identidad con los demás a primera vista. Mediante ropa holgada o estrecha, si quiere ser más duro o más romántico… Cuando diseñas son distintos procesos de fabricación, pero lo básico son las líneas, la estética y la emoción». Está claro, que las riendas de la creatividad de esta familia empresarial las lleva Laura. Laura y la extraordinaria pasión que pone en la vida y en la conversación, con tanta vehemencia, que casi no deja hablar a su socio: «Yo creo que todo el mundo es creativo –sigue ella–. Los niños son creativos y todo es muy educacional». Laura se pasaría horas hablando de la creatividad, igual que diseñando y construyendo sus joyas de animales marinos o de tubos como de órgano en metales nobles y piedras preciosas, en la trastienda de su lujoso «showroom» de la calle Monte Esquinza de Madrid; pero yo quiero conocer también a Luis Feliú. Así que también le pregunto por sus ilusiones.

Aleación perfecta

«Contraté a Laura como imagen de un reloj y al poco tiempo me confesó que a ella lo que realmente le gustaba eran las joyas. Yo siempre había estado en el mundo de la joyería y del comercio de diamantes, pero mi ilusión era hacer mi propia marca de joyas. Y no podía hacerlo sin alguien que me complementase, que tuviera ese talento creativo que quizás yo no tengo por el tema de la educación. Pero ya desde pequeño me paraba con mis padres en la joyería Roca del Paseo de Gracia, que ya no existe, y pensaba que sería joyero». Unidos por las joyas, Luis y Laura buscaron primero el nombre, como un juego, algo que recordase a sus propios nombres e incluso a ellos de alguna manera. Y luego decidieron apostar por el máximo lujo: ofrecer una joyería diferente, con piezas fuertes, grandes y temas distintos y arriesgados. No es precisamente barata y se lo digo. También que quien se gasta el dinero, a veces, prefiere apostar por una marca reconocida. Sobre todo en España. «El mercado español aún no es nuestro mercado principal –dice Luis–, pero yo siempre aposté por ser una marca más amplia, más global. España no está tan preparada en términos generales para comprar joyería de este tipo». «Hay gente que nos compra –añade Laura– pero desgraciadamente aún hay muchos que necesitan justificar lo que han pagado. A mí lo que me gustaría es que la joyería fuera como ha sido el arte siempre: un reflejo de lo que está pasando. Y que en nuestros días no pasara nada por mezclar oro con plástico, por ejemplo».

Les digo que eso está muy bien, sobre todo si las joyas sirven exclusivamente como decoración de la persona que las lleva o como recuerdo sentimental, pero que quizás, quien invierte, lo que quiere es un diamante de precio irrefutable. «A mí me gustan los diamantes –asegura ella– es una piedra blanca que refleja mil colores. Es muy versátil y no te compromete. Yo creo que ése es su éxito. Que sirve para rubias, morenas, para cualquier indumentaria y cualquier momento». «Sí –añade Luis–, pero además es cierto que, cuando compramos, queremos algo que tenga un valor transmisible en el tiempo. Valor sentimental que pase de generación en generación, y también valor real. Y los diamantes llevan una tendencia de incremento exponencial tanto por su escasez como porque están considerados valores refugio». No creo que intenten convencerme de que las joyas son exactamente una inversión, pero sí me cuentan que las joyas sean de esta marca o de aquella otra, tienen un valor real en sus materiales y luego el valor de su diseño. «Y el sentimental –aclara Laura provocadora–, pues a veces te lo puedes saltar si te cansas de una pieza, ¡ y la puedes fundir! Yo creo mucho en las cosas atemporales». Fin de la entrevista. Estoy confundida: ya no sé quien es el práctico y quien el romántico. Lo que sí sé es que ambos son fascinantes. Sus joyas y su negocio también.

Personal e intransferible

Laura es del 73 y Luis del 78. Ella, pese a haber cumplido 40, parece una adolescente, más que por el físico por la rebeldía. Y él, en la treintena, tiene una serenidad que parece propia de la madurez. Él es licenciado dos veces (en España y en Inglaterra) en Administración y Dirección de Empresas con máster de IESE, además de especialista en diamantes. Ella empezó políticas y lo dejó, hizo cursos de ropa, de accesorios… pero todo sin título. Ella está divorciada y tiene dos hijos, él es soltero. Ambos quieren lo mismo respecto a su marca: «Sobrevivir», apunta Laura. «Seguir disfrutando con lo que hacemos. Poder vivir de nuestra pequeña empresa pero haciendo lo que nos apetece». Dos maneras de decir lo mismo. Aunque lean distinto: «Yo de todo», dice Laura. «Yo filosofía, inteligencia emocional… todo lo que mezcle historia y realidad». El caso es que Laura quiere llegar a mayor «con los deberes hechos». Y Luis quiere llegar «feliz». Pues que así sea.

La Razón

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