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El monje de los horrores, el asesino de dos mujeres, que podrían ser tres, no es ni monje ni es nada, sólo un psicópata que engañó a todo su entorno rapándose el pelo, vistiéndose de naranja y presentándose como maestro de kung-fu, pese a no acreditar ninguno de los cursos que presumía de haber realizado en china. El tal Juan Carlos Aguilar no es más que un vividor que creó su propio personaje. El mismo con el que conseguía que la gente pagara tres mil euros por viajar a China una semana con él o que aplicaba a sus alumnos un voto de pobreza para quedarse con su dinero, según cuentan profesores de su entorno, verdaderamente titulados. Si se hubiera quedado ahí la cosa, lo de Aguilar no habría sido más que otra historia de un superviviente, de un listo, de un buscavidas… Sin embargo el «no monje», «no maestro», «no campeón» y «no guerrero», sí que era –y seguirá siendo aunque le hayan pillado– un hombre de una crueldad extraordinaria. Y no sólo con sus víctimas, sino también con sus propios alumnos, con los que ejercía una extrema dureza. Hay quien piensa que la personalidad de este hombre puede tener que ver con un tumor cerebral por el que lleva dos años en tratamiento, pero que nadie se equivoque ni se engañe: los expertos se han apresurado a asegurar que ese tipo de dolencia puede conducir al mal humor e incluso a un comportamiento ligeramente más agresivo… ¡pero no convierte en asesino a nadie! Y menos en un criminal de esta magnitud, que ya anda buscando la excusa de la confusión, mientras se van encontrando restos de manos, de columnas vertebrales…

La Razón

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