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mastrettaÁngeles Mastretta es como una diva de Hollywood. Una mujer atractiva, exagerada y sexy que destila vehemencia y buena energía. No la hubiera imaginado de otra manera, después de conocerla a través de su literatura. Ni siquiera ahora que viene con la ternura de la familia bajo el brazo y con «La emoción de las cosas» prendida a la conversación y a la mirada, gracias a ese título que ha tomado prestado de Machado («sólo recuerdo la emoción de las cosas»). ¿Hay algo que provoque más emoción que la familia? Le pregunto. «Pues yo no lo encuentro», me responde. «Pero claro, yo convierto a una parte de la humanidad en mi familia. Cuando quiero a alguien lo vuelvo parte de mi emoción». Es cierto que los amigos ocupan un lugar importante en la vida de todos y que Ángeles los valora especialmente; sin embargo –y se lo digo–, ella de quien cuenta una historia real es de su familia carnal. «Yo quería escribir una novela –asegura–, pero el relato se me cerraba una y otra vez, hasta que tuve que aceptar, con toda humildad, que esto no podía ser una novela, sino un libro de memoria desordenada y caprichosa, como es la memoria. A un escritor lo mejor que le puede pasar es escribir una novela, porque entonces le regalas a la gente un boleto de ida y vuelta a otra parte, a un mundo que fue tuyo. Es como si los invitaras a un país. Y, además, es un viaje al que invitas gratuitamente y puedes llegar a quedar muy bien, como si les hubieras invitado a la Luna. Cuesta mucho más convocar a la gente a leer un libro como “La emoción de las cosas”, que no es una novela». Le pregunto que qué es entonces y no vacila: «Yo lo colocaría entre los libros de autoayuda».

Revelación personal

Desde luego el libro ayuda a tomar prestadas las emociones de la autora y a mezclarlas con las propias o, tal vez, a emocionarse con las historias que ella cuenta, rememorando las de cada cual. «Exacto. Hablas de tu madre y la gente siente que estás hablando de la suya o de su padre o de sus hermanos o del río o de la laguna, o de la ciudad remota…Vas llevando a los demás a sus propias emociones con las cosas que a ti te pasaron». Mastretta revela muchas de las que le pasaron a ella, entre otras, ese complejo de culpa que le llevó a creer durante mucho tiempo que era la responsable de la muerte de su padre. «Ahora ya sé perfectamente que la gente se muere porque se muere y que no depende de nadie. Pero cuando a mi mamá empezaron a pasarle cosas, a mi papá ya le habían pasado muchas y yo lo veía más débil, como que había que protegerlo. Así que, cuando me fui a estudiar a México y él se enfermó, yo decía que se había enfermado porque yo no me había quedado a velar por él. Una cosa tonta de las que te pueden pasar cuando tienes 19 años». A esa edad, y a todas, los hijos observan a los padres. Los escrutan, analizan sus reacciones, sus comportamientos e, incluso, sus besos. «Nosotros nunca los vimos besarse en la boca. Pero eso no quiere decir que no se quisieran, sino que se querían de distinto modo. Es algo que aprendes con los años».

La edad lleva a verlo todo de otra manera. Y a evocar. Y a repetir lo evocado con los hijos, si fue feliz. «¿A quién no le emocionó que fueran a llegar los Santos Reyes? ¡A mis hijos ni se diga! Yo tiraba los sillones porque era el elefante y de noche les hacía poner cubos de agua y copas de vino para que, cuando llegaran los Santos Reyes, pudieran pararse allí. A mí me había emocionado tanto, que quería que les pasara a ellos, que creo que sí les ocurrió. Por eso digo que pasamos dos infancias, la nuestra y la de nuestros hijos. Y dos adolescencias también. La mía no fue muy feliz, porque estaba consternada por si me quería o no el novio que ni siquiera tenía todavía. En cambio, cuando mis hijos fueron adolescentes, me divertí muchísimo al compartir esa época. Fui al cine todo lo que quise. Creo que por eso tengo tanto cariño a Leonardo di Caprio; en realidad, aunque ya tenía cuarenta, parecía que tenía 15». Infancia, adolescencia, juventud, madurez. El tiempo pasa. Y nos vamos yendo todos. Pero se quedan los recuerdos, que tal vez no tienen tanto que ver con la realidad. «Todos recordamos de manera selectiva, pero no sólo la infancia, sino el día de ayer… Y lo que queda de nosotros es lo que cada cual quiera recordar, porque nosotros ya no vamos a estar para decir: “Oye, así no fue”». La duda está en si aquellos que son recordados quieren que se cuenten los recuerdos que les atañen, si los padres de Ángeles se sentirían satisfechos del relato de su hija o todo lo contrario. «No están tan expuestos, sólo contados. Pero hay muchísimas cosas que no voy a saber sobre ellos. Es una cosa que aprendí mientras escribía este libro. Por eso no podía ser una novela; para escribir una novela tienes que ser omnipotente y respecto a la vida de mis papás yo no podía serlo».

La necesidad de revisar la vida de los padres surge en algún momento, sin que se sepa por qué y ni exista fecha decidida, aunque Ángeles asegura que ésas son cosas de los 60 años: «También a mi abuelo le dio por investigar a los 60 sobre sus papás, sus abuelos y sus bisabuelos. Por eso yo sé tanto de mi tatarabuelo». Tal vez mirando al pasado se recupera la felicidad de otros tiempos, que siempre parecen más felices cuando se los mira desde la distancia. Tal vez la felicidad es algo que sucedió alguna vez en nuestros recuerdos. «Yo no fui más feliz de niña que ahora. La verdad que no. Creo que es Savater quien dice que la alegría es algo que uno tiene que buscar o algo con lo que uno vive. Es una actitud más que una situación. Tú tienes una actitud de estar alegre, un deseo de estar alegre, que no necesariamente es la felicidad. Vas teniendo momentos de felicidad. Y no la buscas, la encuentras».

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Ángeles Mastretta admira desde siempre a Sarita Montiel. «Si no hubiera sido escritora, hubiera querido ser cantante. Aunque cuando mi hija inventó un personaje en su película que cantaba y la actriz no quiso cantar y lo hice yo, tardé seis horas en grabar dos canciones y me dije: “Qué bueno que no tenga esta profesión”». Mexicana, casada y con dos hijos, se siente orgullosa de ellos y de seguir encantada de vivir con el mismo hombre después de 35 años. Se arrepiente de lo que no ha hecho, perdona demasiado fácil («a lo mejor porque olvido, así que no tiene mérito»). Duda, es audaz, le gusta el pan, el jamón ibérico y, como mucho, lo acompaña con dos sorbos de vino y, después, con litros de agua y de naranjas. Tiene muchas manías, como la de cambiarse de cuarto en los hoteles. Antes de su último viaje escribió al Palace porque quería el cuarto frente a Neptuno «porque allí está media vida mía. Pero estaban arreglando la fachada y ¡di una guerra! Aprovecho para pedir perdón». Dice que ya es mayor, así que quiere seguir siendo vieja, y que si volviera a nacer sería, a lo mejor, una iguana: «Estaría bonito estar en el sol todo el día a la orilla del mar».

La Razón

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