Etiquetas

, , , , , ,

Ahora que acaba de terminar la Feria del Libro de la capital, permítanme que por una vez me miré al ombligo y les cuente cómo se ven las cosas desde dentro de las casetas. Igual da que sea la de Madrid, que la de cualquier lugar de España La Feria es como asomarse a una ventanita y desde ella, ponerse a disposición de los lectores, de los viandantes, de los fotógrafos espontáneos, de los mirones y de todo tipo de flora y fauna, casi siempre bella, salvo raras excepciones, que llega a la búsqueda de su libro favorito, pero también de la conversación del escritor que siempre quiso saludar o del televisivo que tantas veces se ha colado en su salón. Antes, en la Feria sólo había escritores y lectores. Ahora hay perros, gatos, niños, globos, patinadores, cocineros y cualquier tipo de ser humano o animal que se pueda imaginar. La Feria ha cambiado. Pero mientras algunos se quejan y hablan de intromisiones, servidora, que tuvo que soportar quedar literalmente sepultada en una esquina por la marabunta de seguidores del exitoso programa Master Chef, celebra que las cosas sean distintas. No todo ha de ser tan reverencial. No es necesario que los escritores nos creamos por encima del bien y del mal y pretendamos apropiarnos para siempre del lenguaje, como si nadie más pudiera o debiera utilizarlo. Mi querido Juan Cruz, a quien tanto cito por su gloriosa frase de “hay que poner el libro en la conversación”, me descubrió que si el libro es un objeto cercano y presente en nuestras vidas, pasa a formar parte de nuestras necesidades; por eso tiene que estar en la conversación y en las mesillas y liberarse de las adustas estanterías y de la parafernalia exagerada. El libro debe servir para aglutinar a las personas en torno a las historias que cuente. Es cierto que, algunas historias, tal vez no deberían llegar a ser escritas; y también que aquellas que dejan un poso en el alma y no se olvidan jamás, no se pueden equiparar en forma alguna con los manuales para pasear al perro sin correa, liberarse de los puntos negro, conquistar a un novio en quince días o como aclararse las mechas sin volverse militante del PP…, pero el arte de las ferias de libros está en poder ofrecer todo, para que los lectores sopesen, valoren y decidan qué es exactamente lo que quieren, para que, cuando verdaderamente encuentren ese libro imprescindible, que formará parte de sus vidas para siempre, lo reconozcan. Ojalá sea el mío. Ojalá sea “Luisa y los espejos”.

La Gaceta de Salamanca

Anuncios