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Marta Robles publica ‘Luisa y los espejos’, la obra con la que ganó el Fernando Lara de Novela.

marta-sevillaFrancisco Camero • Todavía hoy, más de medio siglo después de su muerte, Luisa Casati, aristócrata y amante de Gabriele D’Annunzio, mecenas y musa de algunos de los más artistas más famosos de principios del siglo XX, sigue siendo una de las mujeres más retratadas de todos los tiempos, sólo por detrás, “eso dicen”, apunta Marta Robles, de Cleopatra y la Virgen María. De Boldini a Man Ray, de Nijinski a Jacop Epstein, de Picasso a Jean Cocteau, de Isadora Duncan a Mariano Fortuny, todos ellos compartieron una poderosa fascinación hacia una mujer de arrolladora personalidad, la misma que sintió, al conocer su historia, la periodista y escritora madrileña.

El relato novelado de las peripecias de esta “trituradora de fortunas” -desde el esplendor de su juventud en la Venecia excesiva de la belle époque, con sus mansiones de árboles dorados y animales exóticos, con sus fiestas exclusivas en la Piazza San Marco y sus paseos en góndolas blancas, tumbada junto guepardos con collares de turquesas y aplaudida a su paso por los puentes de la ciudad por los paseantes atónitos ante el despliegue de lujo y excentricidad que convirtió en marca distintiva, hasta sus años finales de penuria y olvido en Londres, completamente arruinada, “pobre como las ratas”- le valió a Robles a comienzos de mayo el Premio de Novela Fernando Lara por Luisa y los espejos.

La obra, recién publicada ahora por la editorial Planeta, responde al intento de la autora de “resucitarla”, de redimirla del “desconocimiento” para ella inexplicable de una figura cuyos “sentimientos, reflexiones y pasiones amorosas” recrea en las más de 450 páginas de un libro que propone un viaje en el espacio y el tiempo. Eso es lo que hará la otra protagonista que esta historia tiene también, explica la periodista y escritora. Ese otro personaje, Luisa Aldazábal -en este caso ficticio-, cuya vida transcurre en el presente, conocerá -“como yo, de manera fortuita”, dice Robles- la exagerada vida de esa marquesa magnética, lo que marcará un giro crucial en su vida adormecida.

Al adentrarse en la biografía de Casati, la mujer, tras experimentar durante 20 años una vida matrimonial “muy convencional, ni demasiado feliz ni demasiado amarga”, y tras superar un episodio que casi le cuesta la vida, “se da cuenta de que necesita recuperar los sueños a los que ella misma, en el pasado, renunció”. Esos sueños tienen que ver con su deseo de dedicarse al arte. “Se trata de una mujer, como podría ser un hombre”, dice la autora, que insiste en la idea de que la novela trata, en definitiva, de algo universal, que trasciende épocas y por supuesto sexos. “No todo el mundo decide dejarse arrastrar por la pasión o por la aventura, y quien lo hace no necesariamente tiene una vida mejor ni más feliz. Pero en este caso esta mujer lleva algo dentro que la diferencia del resto de la humanidad: es artista, y si alguien es artista, lo es siempre, puede desarrollar su don o no, pero lo es. Y los artistas son de otra manera, tienen otras necesidades. Pero al margen de esto, cuando se pasa determinada barrera de edad, las mujeres, los hombres, todos, repasan lo que han hecho, lo que les queda por hacer y lo que no hicieron, y algunos deciden cambiar el paso porque eso les hará felices”, dice Robles sobre los temas centrales de esta novela sobre “la pasión por el arte y la pasión por vivir”.

Venecia, tan querida siempre por todas las artes, juega en Luisa y los espejos un papel fundamental. Y a pesar de los innumerables relatos que se han hecho de ella, asegura la madrileña, la ciudad “sigue escondiendo hoy algunos tesoros en los que algunas veces no nos fijamos”. “Yo siempre digo que hay una Venecia del turismo, en la que no cabe un alfiler y que parece que se va a hundir bajo los pies de los visitantes… y hay todavía muchas Venecias desconocidas donde puedes descubrir historias fascinantes, pero éstas no están exactamente donde se agolpan las multitudes. Venecia sigue siendo mágica”, dice la autora. Eso es lo que ella encontró al descubrir, visitando palacios, paseando entre canales, recorriendo el Arsenal, la vida de una mujer que “vivió con enorme intensidad” sus días de gloria y “con enorme dignidad” los de pobreza y vejez. “Y por eso ella nunca fracasó, porque eso no es fracasar -concluye-. A lo mejor el fracaso es no vivir. Nunca se sabe… para cada uno, el fracaso es una cosa diferente”.

Diario de Jerez

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