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El «caso Bretón» es uno de esos que se quedan para siempre en la memoria, pegados al horror de la propia tragedia. La cara de esos niños desaparecidos, con sus pupilas negras bailando alegremente en sus ojitos brillantes, permanece sin remedio en el recuerdo de todos, con la incógnita –que probablemente nunca dejará de serlo– de si sus cuerpos pequeños y suaves acabaron calcinados en esa hoguera infernal, a la que apuntan todas las pistas. ¿Fueron quemados? Y para más espanto, ¿estaban dormidos o despiertos? Aún quedan declaraciones por escuchar en este juicio terrible, en el que la familia carnal del supuesto criminal ha optado por no declarar, por proteger a su sangre más cercana contra el viento y la marea que le acerca a la orilla del asesinato… Ver a la madre besar a ese hijo que tal vez mató a sus nietos y callar a su padre y a sus hermanos, en una sala donde todos los detalles abocan a la angustia, resulta inquietante. Las horas y los días que conduzcan a una sentencia no devolverán a Ruth Ortiz a sus hijos. Y lo que es peor: ni siquiera el fallo del jurado amansará sus incertidumbres, a menos que Bretón diga la verdad. Porque si algo parece innegable en este asunto repleto de crueles despropósitos es que en los ojos helados de José navegan las mentiras plácidamente, como los barcos en la mar en calma…Tal vez, por muy horrendo que suene, Bretón anda logrando todo lo que quería: castigar a la que un día fue su mujer, a la madre de sus hijos, con la máxima pena. Quedarse sin ellos y no saber jamás, exactamente, qué les sucedió.

La Razón

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