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Alejandro Suárez. Empresario y escritor.asuarez

Asesor de fondos de capital, consejero delegado de Ocio Networks, presidente de la Fundación Oliva, vicepresidente de la Asociación de Inversores y Emprendedores de Internet, escritor de «best-sellers» como «Ha llegado la hora de montar tu empresa» o «Desnudando a Google», conferenciante y, dentro de poco, magnate de los medios de comunicación –en los que tiene ya presencia como socio de una cadena de emisoras económicas; además está punto de comprar un diario digital–. Este «business angel» o, lo que es lo mismo, inversor privado, tiene las ideas tan claras como para decir en su último libro eso de «Sí puedes» (Ed Alienta). Pero que nadie se confunda. En boca de Alejandro Suárez, ese lema suena menos vacío que en la campaña electoral de Obama y no es ni mucho menos un brindis al sol. Sí puedes conseguir muchas cosas… Aunque eso no significa que debas hacer otras. «Ahora mismo hay un problema enorme y es que se le está diciendo a la gente que si tiene una buena idea puede lanzarse a crear una empresa. Y yo creo que no. Creo que si tienes una motivación para tener un proyecto y para ser emprendedor el día de mañana entonces sí puedes. Pero debes ser realista y saber que no vas a cobrar ni un solo euro el primer año, que tendrás que reinvertir, que cuando tienes que pagar las nóminas pasas un mal trago porque has de ver qué equilibrios haces y qué cobras tú ese mes… A la gente se le está empujando incluso desde la política, porque la palabra emprendedor ha entrado en el juego político. A mí me encanta desanimar a quien no da el perfil, no tiene la motivación y sobre todo no tiene la formación a nivel económico-empresarial como para montar una empresa».

El talento no es suficiente

Algunos suponen que si tienen talento y una buena idea andan sobrados de condiciones para sacar adelante cualquier proyecto. Pero lo primero que señala Suárez es que hay que encontrar el momento ideal y que no todos lo hacen. Ni siquiera las personas llenas de talento, que a veces piensan que tal cualidad hace innecesario todo lo demás. «A la gente le encanta eso del talento y todo el mundo parte de la base de que lo tiene… Pero también hay que tener formación, porque para pagar nóminas, presentar impuestos, irse adaptando a las leyes y hacer un plan de negocio debe haber bastante más historia detrás». Está claro que para poder, además de querer, de tener talento, de formarse y de encontrar el momento oportuno, hay que ser capaz de dar un salto al vacío, que a veces no es otra cosa que innovar. Y como dice Alejandro Suárez, nosotros solemos ser los mayores enemigos de la innovación. «Bueno, en realidad lo que yo creo es que el mayor enemigo de la innovación ha sido Steve Jobs. Este hombre ha hecho un daño tremendo, porque parece que innovar es hacer algo que cambie el mundo y acabe en millones… Y al final hay pequeños detalles que son innovadores: el señor de aquí enfrente, que tiene una panadería, puede hacer cosas que sean innovadoras. Lo que pasa es que, al igual que el de emprendedor, el término innovación ha quedado completamente prostituido y parece que es inventar un coche solar… y no. Hay cosas que son innovadoras en nuestro día a día». No es el único término prostituido. Hay más: «coaching», «community manager», líder… Y eso que para ser líder, según cuenta Alejandro, basta con tener un seguidor e ir de líder. Lo que hay que saber es qué pasa si te toca un seguidor o varios que sean, no ya imbéciles («no discutas con ellos, dice Alejandro Suárez, porque te llevarán a su terreno»), sino envidiosos… «Hay que intentar apartarse de la gente tóxica. Pero la de verdad tóxica. No todos los envidiosos son tóxicos, lo que son es españoles. Al final todo saldrá bien mientras no nos comportemos como españoles. Si estamos pendientes de lo que gana el de la esquina, de si cambia de coche más veces que tú, entonces, no habrá salida. Cuando económicamente todo iba bien y la gente tenía trabajo, tampoco era feliz. La gente estaba cabreada porque el tipo de enfrente ganaba más o tenía un bonus en una empresa…Yo pienso que hay que adaptarse e intentar ser feliz en todos los momentos».

Le digo que la felicidad, precisamente por la envidia, conviene llevarla con discreción. Como el éxito. Y más cuando se es empresario. «En este país hay una cosa que no se perdona y más ahora que nunca y es el haber ganado dinero. Se perdona incluso menos que el éxito. O sea si tú tienes dinero y vas en un coche X, algo habrás hecho… igual eres narcotraficante. Y si eres empresario entonces será que el dinero te viene de la extorsión a tus empleados, de no pagarles un duro». Lo curioso es que tampoco se perdona el fracaso, que en otros lugares del mundo está hasta bien considerado. «Recuerdo que cuando trabajaba para un fondo de capital riesgo en Silicon Valley me hablaban de la gente que fracasaba como tíos a los que había que seguir. Como a un argentino que le había hecho palmar cien millones de euros al Banco de Santander. Aquí esa gente es un bulto sospechoso. Sin embargo, a la que le va bien, aunque sea de forma casual, ya tiene cierto recorrido hecho. Pero también es verdad que en estos años se está divagando tanto que ya hay quien dice que fracasar es buenísimo… Hombre, mejor fracasa tú, que yo aprenderé de tu leñazo antes de dármelo yo, si es posible».

Lo que parece, en todo caso, es que el fracaso, bueno o malo, o incluso el infortunio, no depende de nosotros. La culpa siempre es de otros: «Hay ciertas cosas que la gente no quiere oír. ¿Qué hay crisis? Es porque los políticos son unos cabrones, los bancos unos sinvergüenzas… Pero que nadie hable del cachito de culpa que tenemos cada uno de nosotros por haber vivido por encima de las posibilidades, habernos comprado un cochazo a crédito o habernos metido en una hipoteca sabiendo objetivamente que con un sueldo de 1.500 euros no se pagará en dos generaciones. Somos muy victimistas y tenemos muy estigmatizados a los malos. Tanto que si en un discurso te quedas en blanco y dices cualquier exabrupto contra la SGAE, los políticos o la Telefónica, todo el mundo te aplaude…».

Personal e intransferible

Alejandro Suárez nació en Madrid en el 73. Está casado, tiene una hija de la que se siente orgullosísimo, se arrepiente de mil cosas, es adicto a la Coca-cola y mira el correo electrónico como mínimo una vez cada media hora. Está un poco enganchado, sí. Tanto, que a una isla desierta se llevaría un IPad y que, por mucho que asegura que «las redes sociales son un mal necesario», parece divertirse utilizándolas. Dice en alto las cosas que no dice nadie, como lo de que «tenemos la generación mejor preparada de jóvenes… Pero también la de chavales de 20 años sin más vocación que la de estar tumbados. ¿Y estos tienen que pagar mi pensión? Les falta un poquito de hambre». Y lo comenta mientras escruta al de enfrente y detecta si es una persona inspiradora o conflictiva. ¿De verdad puede saberse rápidamente? «Yo aplico una técnica de «management» que me contaron en el mundo de la empresa. Cuando una persona entra en mi despacho y me cuenta un problema, si no me trae tres soluciones, el problema es ella».

La Razón

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