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Cada vez que la ciencia da un paso hacia delante, todos nos removemos en nuestras sillas temerosos de lo que tal acción pueda conllevar. Casi siempre desde los ámbitos religiosos, que son los encargados de mantener los órdenes sociales establecidos, el miedo es mayor. Es como si la ciencia restara poder a lo divino. Desde mi humilde punto de vista, sin embargo, la ciencia nos acerca pasito a paso hacia Dios. En el caso de los tratamientos de fertilidad con «tres padres», se entiende bien la alarma de quien piensa que el futuro estará sembrado de niños perfectos, al menos de cuerpo, incluso hay quien se cuestiona si tendrán alma. Pero yo siempre he creído que si Dios permite al hombre descubrir y progresar es porque quiere que se parezca cada vez más a Él. Es cierto que a veces las mejores ideas pueden caer en las peores manos y hacer mucho daño, pero si miramos las obras de los hombres, las que nos han permitido llegar hasta donde estamos, es fácil comprender que sin Dios no hubieran sido posibles. ¿O acaso no sorprende que el hombre haya creado pájaros de hierro que vuelan, ciudades flotantes o máquinas que mueven las voces de uno a otro rincón del planeta? Seguramente, detrás de todo está la mano de Dios, que ahora también parece presente en este tratamiento de fertilidad en el que, gracias a la intervención de un tercero, algunos bebés que antes hubieran nacido y vivido enfermos ahora tendrán ante sí un futuro sano y feliz. No se trata de fabricar niños al margen de la naturaleza y de Dios, sino de ayudarlos a sentir a Dios más cerca.

La Razón

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