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DONNA LEON, ESCRITORA.Donna Leon es una mujer menuda, discreta y agradable. Si no fuera porque viste como una intelectual neoyorkina y conserva la media melena francesa (aunque toda pintada de canas), podría parecer una beatífica abuelita de las que se dedican a fabricar mermeladas. Pero las apariencias engañan y esta dama de la literatura es una mujer enormemente activa que vive en un universo particular muy poco convencional. Para empezar, su escenario es Venecia. Allí se trasladó hace más de cincuenta años cuando una amiga la invitó a visitar Italia. Por entonces sólo era una profesora universitaria de Literatura inglesa con ganas de recorrer el mundo. Y así podría haber seguido si no se hubiera cruzado en su vida un hombre, el comisario veneciano Guido Brunetti, protagonista de casi todas sus novelas. La primera, «Muerte en la Fenice», obtuvo el prestigioso premio Suntory. Veintitres años después, recién publicada la última entrega de la serie («El huevo de oro», Seix Barral), confiesa que sigue encontrando atractivo a su personaje.

Cultos y sagaces

«Al principio yo no sabía que esto sería así; pero no tardé mucho en darme cuenta de iba a pasar mucho tiempo con este hombre, así que tenía que gustarme. Y para ello, tenía que ser inteligente, decente y feliz…¡Pero sobre todo simpático! Alguien que yo encontrara agradable. No uno de esos detectives alcohólicos que toman drogas, van con mujeres o tienen una vida desordenada…Brunetti es un buen chico y, 23 años después, aún me gusta». Quizá le gusta, sin saberlo, porque de alguna manera es como si se mirase al espejo. Ambos son cultos y sagaces y ambos tienen una vida plena. Los dos podrían ser personajes de ficción o vecinos en la realidad, porque tanto Brunetti, como su familia son tan verosímiles como cualquiera de los lectores de Donna Leon. «La familia de Brunetti es una familia muy normal, una familia feliz. Esto está muy poco de moda, porque la gente suele hablar de lo contrario; pero en realidad es lo que yo recuerdo de la vida familiar, esa estructura en la que los unos hablan con los otros de cosas, la gente lee los periódicos, están a gusto juntos… Y ésta es la estructura que yo ofrezco en el libro porque, además, creo que la mayoría de las personas ha tenido una niñez civilizada, igual que nadie tiene una adolescencia feliz». Está claro que la niñez de Donna Leon fue plácida y también lo parece su madurez. Claro que lo tiene todo para que lo sea: lectores a miles, una fortuna considerable y un éxito con el que sueñan millones de personas … «Sin embargo, te aseguro que yo nunca en mi vida antes de estos libros quise tener un trabajo real ni firmé ningún contrato para un trabajo real; trabajé en varias universidades de todo el mundo, pero siempre con contratos de menos de un año. Nunca tuve un plan de pensiones, nunca tuve ningún tipo de seguridad laboral y era muy feliz también. Nunca he entendido ni entiendo ahora, el deseo de ser poderoso y exitoso». Tampoco parece haber sentido la necesidad de formar una familia, porque no tiene ni perro en esa casa suya situada junto a la Iglesia Santa María dei Miracoli, cuyas alfombras recorre descalza. «Dos hombres me pidieron que me casara con ellos…, pero pensé que eso era muy limitante. Cuando tienes un perro, plantas o un niño no puedes ir a la siguiente cosa, eres prisionera. Yo tengo muchos amigos y no echo de menos a mi familia. Tengo tíos, primos, etc. Una familia es una responsabilidad y tal vez en los 60 yo no la quería». Está claro que Leon siempre fue un poco rebelde y nada convencional. Quizás por eso, en esta última entrega de Brunetti, además de dibujar a una víctima con una minusvalía relacionada con el lenguaje («La capacidad de explicar con palabras lo que tienes en la cabeza es mágica», comenta la escritora) se adentra en uno de los males más habituales de la condición humana, la codicia, de la que ella se siente particularmente ajena. «En mi generación queríamos tener una carrera, un trabajo… Las nuevas generaciones quieren éxito y dinero cueste lo que cueste. Quieren más y más y no miden las consecuencias. Todo el mundo quiere ser rico y es capaz de cualquier cosa para conseguirlo». Y entonces Donna, que dice sentirse americana, empieza a comentar todo lo que sucede en la Italia en la que vive, en Grecia o en la propia España, de donde, por cierto, era su abuelo. Habla con especial cansancio de los políticos, que asegura que le aburren muchísimo y de la corrupción. Le pregunto si se da más en el mundo latino y se lo piensa antes de contestarme: «Pues creo que sí. Creo que cuanto más al sur vas más corrupción encentras… No hay corrupción en Finlandia, en Dinamarca, en Suecia…». Le digo que es cierto, pero que allí sí que hay crímenes y no en Venecia, donde trabaja su detective. «Es cierto. Podría haber elegido Londres, donde todo está controlado por las cámaras y pasan tantas cosas. Venecia es una comunidad unida y es ahí donde está su seguridad. Pero el contraste me parece interesante». Como interesante es pensar que hay tantas personas que no son lo que parecen, que se esconden detrás de una máscara que en esta ocasión vuelve a ser veneciana. ¿Tantas personas hay que se ocultan bajo un disfraz perfecto? «Sí, absolutamente. Como yo no miento, a mí me resulta complicado pensar que la gente miente pero, en algunas ocasiones me he quedado sorprendida al conocer historias de otras personas, porque en Venecia, como en cualquier otra pequeña ciudad no hay secretos, o al menos eso es lo que parece… pero a menudo he descubierto que hay personas que esconden algo». Una vez más, la ficción de la escritora americana nace de una frase, de un segundo de observación, de un instante en que, tras echar un vistazo, descubrió algo digno de inspirar una historia, de ser su germen: «Al descubrir que una persona cercana muy respetable para todos no era en absoluto como parecía, me vino la idea de esta novela».

Personal e intransferible

ha publicado hace no mucho un libro con las recetas de cocina que aparecen en los libros de Brunetti y está en conversaciones con la BBC paraq que lleven sus novelas a la pantalla; pero si de algo se siente orgullosa es «de las dos orquestas , que apadrino y de las once grabaciones y trece discos que he hecho con ellas». La música barroca, sobre todo la de la orquesta Pomo d’Oro, es su pasión. Y precisamente esa pasión le llevó incluso a traicionar a su Brunetti con otro personaje, la experta musicóloga Caterina Pellegrini, protagonista de la novela «Las joyas del paraíso», que publicó un par de meses antes que «El huevo de oro». Donna, pese a su parente racionalidad, lleva 23 años demostrando tener una imaginación desbordante y una espléndida memoria le ayuda a escribir relatos impecables. Una memoria, por cierto que le permite perdonar… «pero no olvido jamásÌ. Es vegetariana, atea; a una isla desierta viajaría con libros, de mayor quiere ser feliz y sólo se arrepiente de una cosa: «Cuando me impaciento acabo por ser muy sarcástica. El sarcasmo es mi arma. y sé que puede hacer daño».

La Razón

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