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En estos últimos días he perdido un follower en twitter. Es decir, debo haber perdido muchos, pero he sentido perder uno en concreto. Se trata de un hombre educado, cortes, divertido e inteligente, que solía leer mis artículos uno a uno y casi siempre los aplaudía. No es que fuera como yo, ni que pensara como yo, ni que tuviera nada que ver conmigo, sino que era una persona con la que intercambiar criterios y aprender. O al menos eso creía yo. Un día, tras haber escrito sobre Ciencia, cayó sobre mí toda la contundencia de su discurso único. “No creo en verdades absolutas”, le dije yo. “Como buena hija de tu tiempo eres relativista” contestó él asegurando que era el peor de los males. Todo esto sería pura anécdota, de no ser por lo que encierra. Este querido follower, dejó de serlo porque yo escribí que siendo creyente (pese a las mil y una dudas que soporta mi fe), consideraba que los grandes logros del hombre dejaban ver la mano de Dios y que llegaban casi siempre desde la Ciencia, a la que no se puede cercar, pese a los peligros que conlleva, porque el hombre desarrolla sus conocimientos científicos gracias a que Dios se lo permite. Está claro que una simple vacuna puede ser un arma letal en malas manos, pero gracias a muchas de ellas se han erradicado enfermedades mortales en todo el mundo. Si relacionamos la Ética con la Ciencia está claro que nos metemos en terrenos pantanosos. Incluso esa misma vacuna de la que hablaba antes, al llegar a una parte del mundo y a otra no, es una vacuna injusta y selectiva, que deja que mueran tantos a los que se podría salvar… Quizás el tema más delicado relacionado con la Ciencia es el que tiene que ver con el principio de la vida. ¿La vida tiene que germinar exclusivamente de la semilla de la naturaleza? Cuando se habla de inseminaciones para que padres que antes no podían tener hijos, ahora lo consigan, o para que otros que ven el sufrimiento de los suyos puedan gozar, gracias a un hermano, de su esperanza de salvación, rápidamente aparece el fantasma de los bebes de diseño, de la selección genética de los Nazis o de tantas otras barbaridades. Pero insisto, el gas calienta e ilumina…,aunque algunos lo hayan utilizado para matar. Y cualquier experimento puede proporcionar alegría y también llevar a la tragedia dependiendo de quien lo realice. Pero es que el libre albedrío, también tiene que ver con mi Dios…

La Gaceta de Salamanca

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