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Parece ser que la Dirección General de Tráfico está estudiando una reforma según la cual la penalización de «gota y media» de alcohol de 0,16 a 0,25, que antes era de 500 euros y 6 puntos se duplicaría en lo monetario. Eso significaría que, en el caso de llegar a aprobarse, un doble de cerveza o una copa de vino o copa y media podrían salirle al conductor que los bebiera antes de ponerse al volante, por lo que para tantos es un sueldo, 1.000 euros. A mí, que soy hija de un tiempo mucho más libre, en el que no sé si había más o menos accidentes, pero sí que las prohibiciones eran mucho menores, me resulta insólito pensar que tan poca cantidad de alcohol resulte tan peligrosa como para multarla ferozmente; pero como también soy madre de un chico adolescente, al borde de la mayoría de edad y del carné de conducir, debo confesar que tal posibilidad me tranquiliza. Hay quien opina que la medida tiene más afanes recaudatorios que preventivos y es muy posible que así sea, en estos tiempos de arcas estatales vacías y agujeros negros de la economía. Pero también es verdad que si la tolerancia al alcohol frente al volante pasa a ser directamente cero, simplemente habrá que cambiar las costumbres y vivir más civilizadamente. Repartirse la conducción y las posibilidades de beber o no, que antes parecía descabellado, ahora comienza a ser parte de nuestra vida, y si lo pienso fríamente, nada me parece más adecuado, aunque me traicionen los recuerdos de tiempos pasados en los que aún no estaba prohibida esa copa de más que, entonces, tal vez porque se corría menos, no parecía tan mortal.

La Razón

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