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Siempre he aborrecido el mundo tupper. «Fobia al plástico» dicen en casa, pero yo creo que más bien es fobia a la responsabilidad que conlleva el maldito recipiente. Porque más allá de su vida en la nevera, donde hasta resultan estéticos con sus transparencias y sus tapas de colores, fuera de ella suponen la necesidad de saber qué tipo de menú pueden albergar y cuánto tiempo durará en condiciones idóneas de consumo. Los «rellenadores oficiales de tuppers», sobre todo los de los niños, tienen que concebir almuerzos variados, equilibrados, sanos y económicos y encima prepararlos con anterioridad. Es tanta su proeza que creo que deberían ser premiados con una medalla al mérito civil. Sobre todo si consiguen el milagro de diseñar una dieta que no conduzca directamente a la obesidad en cuanto la imaginación se extingue o la falta de tiempo apremia. Los británicos ya se han dado cuenta de que lo de los tupper es un error y quieren volver a sus escolares a la senda de la comida del cole. Una comida que, por otra parte, deberá ser revisada por los correspondientes expertos, para que favorezca la consecución del peso adecuado y no anticipe esas enfermedades cardiovasculares, que tanto le cuestan a las Sanidades Públicas. Si los españoles copiamos la determinación, borraremos los dichosos tupper que emergieron en nuestras aulas el año pasado y se acabaran no sólo las comidas insalubres, sino también las comparaciones e incluso los tuppers medio vacíos que no provocan obesidad, pero sí una tristeza infinita. Habrá quien piense que aquí no hay dinero para tal cosa, pero digo yo que algún coche oficial quedará por eliminar y de las duplicidades autonómicas ni hablamos.

La Razón

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